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MANUEL MUJ ICA LAINEZ
Bomar zo
Al pintor Miguel Ocampo
y al poeta Guillermo Whitelow,
con quienes estuve en Bomarzo,
por primera vez,
el 13 de julio de
1958.
M. M. L.
. . . sappi ch’i’ fui vestito del gran manto;
e veramente fui figliuol dell’ orsa . . .
Infierno, XIX, 69, 70
Manuel Mujica Láinez - Bomar zo
I
E L H O R Ó SC O P O
Sandro Benedetto, físico y astrólogo de mi pariente el ilustre Nicolás
Orsini, condottiero a quien, después de su muerte, compararon con los héroes
de la Ilía da , trazó mi horóscopo el 6 de marzo de 1512, día en que nací a las
dos de la mañana, en Roma. Treinta y siete años antes, el mismo 6 de marzo
pero de 1475, a las mismas dos de la mañana, había visto la inquieta luz del
mundo en una aldea etrusca Miguel Ángel Buonarotti. La concordancia no fue
más allá de un fortuito coincidir de horas y de fechas. En verdad, los astros que
presidieron nuestras respectivas apariciones en el ajedrez de la vida,
dispusieron sus piezas en el tablero para muy distintas jugadas. Cuando nació
Buonarotti, Mercurio y Venus ascendían, triunfales, desnudos, hacía el trono de
Júpiter. Era el baile del cielo, la contradanza mitológica que recibe a los
creadores casi divinos. La gloria aguardaba al que abría los ojos bajo ese
esplendor que transformaba al firmamento en un salón encendido, todo
candelabros, entre los cuales flotaban, transparentes, pausados y ceremoniosos,
los dioses elevados en el centelleo del aire. En cambio cuando yo nací, Sandro
Benedetto señaló importantes contradicciones en la cartografía de mi
existencia. Es cierto que el Sol en signo de agua, reforzado con mi buen
aspecto ante la Luna, me confería poderes ocultos y la visión del más allá, con
vocación para la astrología y la metafísica. Es cierto que Marte, regente
primitivo, y Venus, ocasional, de la Casa VIII, la de la Muerte, estaban
instalados, de acuerdo con lo que Benedetto subrayó insistentemente, en la
Casa de la Vida y anulados para la muerte y que en buen aspecto con el Sol y la
Luna, parecían otorgarme una vida ilimitada —cosa que extrañó a cuantos
vieron el decorado manuscrito— y que Venus, bien situada frente a los
luminares, indicaba facilidad para las invenciones artísticas sutiles. Pero
también es tremendamente cierto que el maléfico Saturno, agresivamente
ubicado, me presagiaba desgracias infinitas, sin que Júpiter, a quien inutilizaba
la ingrata disposición planetaria, lograra neutralizar aquellas anunciadas
desventuras. Lo que sorprendió sobremanera al físico Benedetto y a cuantos,
enterados de estas cosas graves, vieron el horóscopo, fue, como ya he dicho, el
misterio resultante de la falta de término de la vida —de mi vida— que se
deducía de la abolición de Venus y de Marte frente a la necesidad lógica de la
muerte y, consecuentemente, la supuesta y absurda proyección de mi existencia
a lo largo de un espacio sin límites. Sé que algunos expertos criticaron el
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Manuel Mujica Láinez - Bomar zo
prolijo trabajo de Benedetto, cuyos hermosos signos y figuras hice copiar al
fresco, medio siglo más tarde, en una habitación principal del castillo de
Bomarzo, y que adujeron que ese planteo era imposible, pero la sabiduría de su
autor, tantas veces demostrada, cerró sus bocas refunfuñantes.
Mi padre, condottiero también y famoso, reverenciaba mucho la memoria
de su tío, el gran Nicolás Orsini, que había combatido equitativa e
indiferentemente, según los términos de los contratos que firmó con las
distintas administraciones públicas de Italia, ya en favor ya en contra de los
aragoneses, ya en favor ya en contra de los venecianos, y que entre una batalla
y otra, cuando hubiera debido descansar y tomar aguas, había tenido tiempo
para matar a su madrastra Penélope y a su hermano bastardo, por razones
íntimas largas de referir. Esa justa supresión personal de parientes infames
había contribuido al respeto que por él sentía mi padre, quien además, como
hombre del oficio, admiraba profesionalmente la eficacia mercantil y guerrera
de sus hazañas. Por ello, aun siendo de carácter brusco y malhumorado, mi
padre, Gian Corrado Orsini, recibió con noble cortesía el horóscopo de Sandro
Benedetto, el astrólogo a quien Nicolás consultaba siempre. Lo evidente es que
ese horóscopo no le importaba en absoluto. No le importaba que yo hubiera
nacido el mismo día que Miguel Ángel Buonarotti; que mi horóscopo fuera más
extraño que el del maestro; más extraño y rico también que los del emperador
Augusto, Carlos Quinto y el futuro gran duque Cosme, quienes contaban con la
singularidad del Capricornio ascendente, muy apreciada por los especialistas.
Simuló una urbanidad discreta y no pasó de ahí, porque compartía al respecto
la incredulidad irónica de Pico de la Mirandola, a quien había conocido, de
muchacho, en la corte del Magnífico. Pico de la Mirandola, autor de las
Disputationes adver sas a strologia m divinatricem, tenía más fe en los
pronósticos de los aldeanos con referencia al tiempo —los aldeanos que
anuncian que se va a desencadenar una tormenta porque las moscas importunan
a un asno— que en los informes de los astrólogos oficiales. Mi padre también.
Cinco años antes había nacido mi hermano mayor, Girolamo, el que debería
sucederlo como duque de Bomarzo. De tratarse de él, del primogénito, mi
padre sí se hubiera interesado en el trabajo de Benedetto, a pesar de su
escepticismo, y hubiera formulado cien preguntas y hubiera dado cien vueltas a
la cuestión de la profecía, pero se trataba de mí, de Pier Francesco, y yo
representaba muy poco para la familia y para el orgulloso egoísmo paternal. Mi
madre, que como él pertenecía a la casa de los Orsini, pero a la rama de
Monterotondo, murió al año siguiente, cuando nació Maerbale, el tercero y
último de sus vástagos, de modo que mi padre quedó viudo por segunda vez —
había sido casado en primeras nupcias con una hija del conde del Anguillara—
y ya no volvió a contraer matrimonio.
Vine al mundo en tiempos de violencia. Ese año de 1512, el viejo Julio II,
el papa terrible, infatigable, que a pesar del mal gálico y la gota que lo
retorcían, arrastraba a cardenales, a príncipes y a jefes en cabalgatas furiosas, y
que vivía entre soldados, mugrienta de sangre y lodo la piel de carnero que
llevaba sobre la coraza, cambió las armas de la guerra por las de la astucia y
fingió estar muerto, con un ardid de zorro que pasa de la rigidez al mordisco,
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para atraer a la trampa de Roma a los prelados hostiles que, obedeciendo a la