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Hans Ruesch
El país de las sombras largas
LOS HOMBRES
Cuando al despertarse Ernenek levantaba la cabeza del saco de pieles, su
primer pensamiento era habitualmente para el montón de carne puesta a podrir
cerca de la lámpara para que se hiciera tierna y gustosa. Pero no aquel día.
Aquel día viendo a Siksik en un rinconcito del pequeño iglú, dispuesta a
estregar las ropas de su marido, tomó una súbita decisión antes de satisfacer las
exigencias de su estómago: puesto que contribuía más de lo que era su deber al
mantenimiento de la minúscula comunidad, bien podía pretender participar
también de los derechos conyugales de Anarvik, sin necesidad de pedirle
permiso cada vez que le hacían falta los servicios de Siksik.
Ernenek nunca había tenido una mujer propia, porque era joven y porque
en los hielos del extremo norte escasean las mujeres tanto como abundan los
osos; sin embargo, conocía la importancia de tener una mujer propia, hábil en
raspar las ropas y en confeccionar calzado, y con la cual podía uno charlar
durante la noche.
Sobre todo donde la noche dura cinco meses.
Precisamente ahora, antes de partir para la caza, le habría gustado reírse
un par de veces con Siksik, pero bien se daba cuenta de lo que convenía y de lo
que no convenía a un verdadero hombre; por eso sabía hasta qué punto era
inconveniente gozar de los favores de una mujer sin haberle pedido antes
permiso al marido.
Y Ernenek ponía siempre cuidado en no cometer ninguna inconveniencia.
Con todo, ya estaba cansado de pedir permiso. Y no porque Anarvik se lo
negara, pues rehusarse a prestar su propia mujer o el cuchillo, habría sido digno
de inaudita mezquindad; pero, así y todo, el pedir continuamente favores no era
digno de quien pertenece a una raza tan orgullosa que sus miembros se llaman a
sí mismos sencillamente inuit, es decir hombres, para dar así a entender al
mundo que las otras razas, comparadas con la suya, no pueden considerarse
compuestas por verdaderos hombres: y esto, aunque el resto del mundo no sea
de la misma opinión y los llame esquimales, término despectivo que les daba el
pueblo limítrofe piel roja Algonquior y que significa "comedores de carne cruda"
Muchas de esas tribus no merecen ya tal nombre; pero el exiguo número
de esquimales polares que lleva una existencia nómada en las regiones centrales
del Ártico, cerca del Polo magnético, regiones inaccesibles para el hombre
blanco, no cambiaron su tosca manera de vivir, la misma de cuando la raza
humana era joven. Son como niños, alegres, ingenuos y sin piedad.
En la época de los tanques de guerra, empuñan todavía arcos de cuerno y
huesos de ballena, y flechas con punta de piedra; se reparten el producto de la
caza y no saben mentir. Hasta tal punto son de toscos...
Ernenek era un esquimal polar.
Sobre la lámpara de esteatita, el té se estaba enfriando. Siksik llenó un
tazón y, bamboleándose, con los pies separados a causa de las calzas de piel de
foca que le llegaban hasta la ingle, se lo llevó a Ernenek con una sonrisa. El
hombre y la mujer, vestidos del mismo modo, ambos rechonchos y musculosos,
pero con pies y manos pequeños, y con el mismo rostro chato, grueso y
campechano, se distinguían en su aspecto sólo por los cabellos, que el hombre
llevaba largos y sueltos, mientras que la mujer se los había levantado
cuidadosamente, con un peinado muy alto, en forma de torre, sostenido con
espinas de pescado.
—¿Dónde está Anarvik? —preguntó Ernenek tomando el tazón.
—No es imposible que haya ido a cazar a la bahía de la Morsa Ciega —dijo
Siksik—. Ocurre que hace un sueño ustedes dos se devoraron una foca entera —
agregó riendo, y Ernenek le hizo eco, con esa risa fácil y siempre pronta de su
raza.
El té estaba caliente como vientre de mujer, es decir, demasiado caliente
para Ernenek, que no soportaba el calor. Lo sopló largamente antes de beberlo,
mientras escrutaba a Siksik por encima del tazón. Luego se lo bebió todo de un
trago, juntó las hojitas que habían quedado en el fondo, se las comió y salió del
saco. Llevaba puesto un ligero vestido hecho de piel de garzas marinas, con el
plumón hacia adentro. Sobre éste se puso un pesado sayo de piel de oso, con el
pelo hacia afuera, y metió el extremo de las calzas en un par de botines de cuero
de foca.
Encorvado, porque la bóveda de hielo era demasiado baja para él, cortó
con el cuchillo circular gruesas tajadas del montón de carne sobada y pasada de
sazón y con la palma de la mano se llenó la boca.
Se deslizó gateando por el estrecho túnel de nieve, apoyándose en los
codos y las rodillas, y arrastrando detrás de sí, tomado de las orejas, al perro
cabeza de trineo, salió del iglú. El resto del tiro los siguió, sacudiéndose la
escarcha del espeso pelo, ladrando por el hambre y descubriendo los dientes,
aplanados a golpes de piedra para que no devorasen los arreos del trineo; con
más de lobos que de perros, mostraban agudos hocicos y ojos amarillos y
relucientes.
Ernenek se aseguró de que todos llevaban las abarcas que debían
protegerles las patas de la mordedura de los hielos y de la sal marina. Luego los
enganchó al trineo, subió a éste, retiró el ancla sepultada en un montón de hielo
y agitó el látigo. Los perros avanzaron sobre el mar congelado, mientras se
abrían en abanico y hacían crujir las correas con que cada uno estaba atado
separadamente al trineo.
Hacía calor, apenas unos quince grados bajo cero, de manera que Ernenek
no se veía obligado a trotar junto al trineo para calentarse, sino que podía gozar
del paseo, sentado cómodamente en el pescante. Al sur, el firmamento se había
teñido de azul, reverberación de un sol ausente, azul que se iba esfumando poco
a poco, convirtiéndose en violeta, hacia el norte.
Bajo aquel pálido cielo, la tierra se mostraba anémica y descolorida, sin
matices ni sombras, como a los ojos de los perros, que no distinguen los colores.
El Océano Glacial, congelado en un espesor de un par de metros, estaba
recubierto de una delgada capa de nieve en la que se marcaban las huellas del
trineo de Anarvik. A la derecha se veían cadenas de montes abruptos y colinas
cónicas, blancas y desnudas. A la izquierda, sólo la bruma primaveral limitaba el
océano.
Ernenek no se volvió ni siquiera una vez para echar una mirada al
minúsculo iglú, solitaria bolita de hielo puesta sobre el techo de la tierra. Su
cerebro, que a causa de su modesta capacidad sólo podía albergar un
pensamiento por vez, se tendía enteramente hacia la gran bahía donde debía
encontrarse Anarvik. Estaba tan absorto en su propósito que se había olvidado
de llevar consigo la indispensable grasa de foca que da luz y calor. Lo
preocupaba demasiado el pensamiento de la petición que iba a hacer a Anarvik,
para pensar en otras cosas.