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ISBN- 13:978-1519217301
ISBN-10: 1519217307
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Si necesita contactarla, puede hacerlo a través del siguiente mail:
[email protected]
Diseño de cubierta: Martina Bennet
Fotografía: Mike McCune
Corrección: María Angélica Sasías
Distribución: Createspace©
Mariel Ruggieri
Montevideo, Uruguay
Año 2015
©Todos los derechos reservados

TODO POR ESA BOCA
Verónica y Alex al desnudo
Mariel Ruggieri

AHORA
(Cuatro años después del final de Morir por esa boca. ¡Advertencia de
spoilers!)

Un semáforo y cuatro sillitas bajo un cielo bastante gris.
1.
Abro los ojos y pestañeo rápido. Una manito regordeta se agita
ante mí, y una sonrisa se dibuja en mi rostro cuando la aparto, y descubro
la pícara mirada de Clarita.
Sé que es ella y no Emi; lo sabría aun con los ojos cerrados aunque
la mayoría de la gente incluyendo a su padre, no logra distinguirlas. ¿Será
mi sexto sentido maternal? No, más bien es la experiencia: Clarita se
levanta antes, y no es la primera vez que va de habitación en habitación
despertando al resto de la familia.
—Buenos días, mi amor —le digo sonriendo,
y luego tiro de su mano y la tiendo sobre mí.
Ella ríe a carcajadas y me contagia, pero cuando vuelvo la cabeza y
miro el despertador de mi mesilla de noche, se acaba la fiesta. ¿Las nueve?
¡Las nueve!
—Mierda… —murmuro incorporándome.
A la pequeña no se le escapa mi exabrupto.
—Decir cosas feas, es asunto grave… —canturrea moviendo su
índice frente a mi rostro.
—…antes de decirlas ¡boquita con llave! —completo yo, y luego
ambas hacemos el gesto de sellar nuestros labios y lanzar la imaginaria
llave al aire. —Lo siento, Clarita.
—Quiero dulce de leche porque sino le diré a papi…
Tres años. Tiene sólo tres años y ya me chantajea… No sé por qué,
pero de pronto me encuentro pensando en cuán parecida es a Cecilia, mi
abominable suegra. No es en lo físico, por cierto, porque las gemelas son
mi viva imagen pero con rizos. Es su carácter histriónico, y esa
incontrolable tendencia a la travesura lo que me hace pensar en ella.
Además, se llevan muy bien.
Cecilia es una abuela desgraciada, que no tiene inconvenientes en
mostrar su preferencia por las niñas. Por fortuna Benjamín, no parece
notarlo, y espero que Tomy tampoco lo haga. O si lo notan, que no les
importe…
—¿Me darás dulce de leche, mamá? —insiste Clara, mientras yo
tomo mi bata y las pantuflas y me precipito hacia la puerta de mi
habitación.
—Luego, corazón. Ahora tengo que alimentar a tu hermano…
Suspira resignada, y nos marchamos de la mano a la habitación de
Tomás.
Greta, nuestra niñera, dobla prolijamente la ropa del bebé, y al
vernos sonríe.
—Lo siento, Verónica. Le he dicho que no la despertara, pero
Clarita…
—… sólo hace lo que quiere Clarita —decimos al unísono. Es
verdad; mi hija baila a su ritmo y soy consciente de que eso se tiene que
terminar, pero no será hoy. —Por desobedecer a Greta no te daré dulce de
leche—sentencio, seria, mientras la observo fruncir el ceño y poner
trompita.
Se aleja de mí a grandes zancadas, y sé que irá a molestar a su
hermana, pero no puedo evitarlo, porque mis pechos comienzan a
rezumar leche.
“Carajo, estoy a tope… Tengo que alimentar a Tomás” me digo,
mas cuando reparo que el bebé duerme plácidamente, la que frunce el
ceño soy yo.
—Ha llorado a las siete, justo cuando se marchaba el señor Alex, y
él me ha dicho que no la despertara. Así que le he dado biberón y desde
esa hora duerme —me explica.
Suspiro… Alex. Alex hace y deshace, Alex decide cuándo tengo
que dormir, y cuándo tiene que alimentarse nuestro hijo. Eso sí, lo hace
sólo cuándo está presente, o sea casi nunca, por lo que la mayoría del
tiempo de eso me encargo yo con la ayuda de Teresa y Greta.
Y mientras me siento y me coloco el sacaleches eléctrico para
liberar la tensión, pienso en qué sería de mí sin ellas. También pienso en
qué hace el resto de las mujeres que no cuentan con ayuda, y me
estremezco.
Teresa está con nosotros de ocho de la mañana a ocho de la noche,
hora en que llega su sobrina Greta y la suple. Las ocho… Maldición, ya
son las nueve… Pobre Greta.
—Greta, siento que te hayas tenido que quedar… La próxima me
despiertas ¿sí? —le digo, avergonzada. Anoche hubo acción en nuestra
habitación, y sólo espero que no lo haya escuchado.
Ella sonríe. Es un ángel…
—No se preocupe. He dormido muy bien ya que el bebé no se ha
despertado en la madrugada.